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domingo, 19 de junio de 2011

El pícaro del sofá

Recuerdo a ese tipo como si fuera ayer, pelo largo y andrajoso de color no identificado, ojos verdes brillantes donde se reflejaba la luz de la lámpara más cercana y una barba de 5 días, portentosa y la cruzaban varias cicatrices de sus años de juventud, alguna movida loca en un bar a las 4 de la madrugada cuando el dueño ya mandaba a paseo a la fila que se apostaba delante de la barra. Tenía un aspecto que te embaucaba y captaba toda tu atención al instante, te hacía preguntar -¿ese tipo de gente sigue existiendo?-. Delgado y cubriendo su cuerpo una chaqueta de cuero ochentera que había tenido más vida que el propio individuo que la sostenía, un hombre de pelo en pecho y con un tatuaje, dicen, donde solo lo podían ver las chicas de las bocas de fresa como él las llama, unos pantalones semi-ajustados y unas botas de rockero auténtico. Verle así, sentado en un sofá de piel marrón en un garito de poca monta, era hacer un viaje a lo más profundo del caos o de la buena vida, depende de cómo lo pillen los rayos del sol de la mañana siguiente.
En sus manos sostenía una guitarra Strato, color blanco sucio, raspada bastante por los bordes y con el clavijero quemado de tantos cigarros, y no tan cigarros, que ha tenido que dejar en algún lado para tocar la balada del diablo. En sus arrugas se demuestra que en algún tiempo estuvo necesitado de una luz firme que alumbrase su camino y no le bastaban las parpadeantes de los moteles de carretera, no, esas les señalaba otras cosas, cosas prohibidas dice él.
Un hombre que ya ahogó todas sus penas, que se asomó varias veces al tejado de la locura y otras tantas veces se bajó de él por vértigo, que se perdió por las curvas más peligrosas y supo encontrar al final esa boca de fresa, un tipo que ha decidido despegar de una vez quemando todos sus recuerdos.
Un hombre peculiar que a veces vaga por las noches buscando la luna llena, con su vitalidad de veterano en las guerras que se libran en la oscuridad entre la conciencia y el deber. Ya ves, un alma sin pena que vaga por la vida pidiendo limosna de cariño con sonrisillas de pícaro, en definitiva, un tipo majo.

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