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domingo, 8 de diciembre de 2013

Otra historia que contar

   El vaso que sostenía sus manos colgaba en el vacío de aquella habitación, paciente, sereno, esperando que su dueño lo llenase de whisky otra vez para llevárselo a la boca y saciar la sed de su garganta, de sus iras, de sus miedos… El rostro de aquel hombre estaba enterrado en su gélida mano, arrugada y seca, amartillada por el paso del tiempo y las experiencias vividas. Un inquebrantable halo de soledad le rodeaba, hacía de la habitación un espacio inmenso donde él se sentía un grano de arena en medio de un desierto. Era frustrante estar sólo, pero su condición, su forma de ser, le habían llevado a esa situación.
   Vivió lo que vivió y ahora está retirado, pudriéndose en los efímeros días que pasan ante sus ojos sin consolarle. Él escribía historias, documentaba aquello que nadie más podía ver, se iba hasta el último rincón de la Tierra para grabar en la memoria el detalle más ínfimo que podría observar, y llevárselo a casa y tenerlo de recuerdo. Él había viajado al fin del mundo, había vivido otras vidas en Oriente, había robado besos en Tombuctú y esquivado a la muerte en algunas colinas de Bosnia. Había vaciado botellas de tequila a lomos de un burro en México y saltado mil muros que separaron ideologías, culturas, abrazos y algún que otro amor.

   Vivió lo que vivió, y ahora, encerrado en su pequeño mundo, insatisfecho, sujeta ese pequeño vaso, sujeta la soledad, sus miedos, su desgana, sus recuerdos de tantos detalles que grabó y de aquellos que se quedaron por grabar. 

lunes, 26 de diciembre de 2011

¿La vida es dura?


Le observaba fijamente desde el otro lado de la calle. Estaba sentado en aquella escalinata de piedra, con la cabeza entre las piernas y las manos tapándose los pocos huecos que dejaban su cara, deprimida y amargada, al descubierto. Me imaginaba aquella escena en blanco y negro, sacado de alguna película grabada en una de las numerosas calles sin color de Nueva York. Para él, aquel pobre hombre abatido y apesadumbrado, el tiempo pasaba despacio, como queriendo burlarse lentamente de una eterna agonía que no le dejaba en paz, que le hacía morir poco a poco. ¿A qué se dedicaba?, es la pregunta que me hacía yo. No paraba de repetírmela, intentado hallar una respuesta en algún gesto que se le escapase y dejase entrever en que malgastaba su tiempo.

Egocéntrico asqueroso; se consideraba así cada vez que reflexionaba… o bebía. No esperaba encontrar ninguna luz que le salvase. Él estaba condenado a saborear la soledad por el resto de sus días. Era de esos que a la luz de un candil, encerrado en una habitación vacía y destartalada, soñaba con romper las paredes y encontrar su libertad, deseo que anhelaba, pues no siendo libre el hombre muere ante el hombre. Aquello me recordaba a un invencible caballero y su deseo de vivir en paz, quizás, un “príncipe de los ingenios”.

Mediocre hombre, que cae en la debacle de pensar que todas las noches tendrá un buen sueño, y que ese sueño algún día se cumplirá. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, y es pues el diablo quien se ríe de él, escondido en una esquina, observándole, como yo ahora mismo, planeando que hará con la alma de otro descarriado que piensa que la vida finalmente, es una desgracia tras otra.

Era escritor, me dijeron tiempo después, de estos que viven la vida para plasmarla en un papel y rociar la tienta sobre él con trazos lentos, firmes y decididos. A cada palabra que escribía llevaba consigo una pequeña parte de su ser, tal vez este era el motivo por el cual decían que su rio de sentimientos se desbordaba con facilidad, ayudado por su inevitable obsesión en reproducir con un apenado estilo su tosca melancolía. Su fiereza era el cuervo de Poe, su desvariar el péndulo de Bécquer, su locura la bravura con que el pirata sacudía el yugo del esclavo al dar por sentenciada su vida.

Quizás nunca llegó a entender que la vida no es dura. Es dura para los huérfanos, para los esclavos, para los que viven con la guerra llamando a sus puertas. Pero para él, la vida es un pastel, con trozos amargos.



jueves, 6 de octubre de 2011

El sofista que debía aprender a observar

Lo que les presento ahora, en cierto modo, es una conversación entre dos amigos, una normal, cualquiera. Sin embargo, incluso de las palabras mas banales e insignificantes, si lo construyes bien, te sale algo tan maravilloso como esta "fábula" que escribió mi amigo Alejandro Escalzo Linares.


- ¿Y tú qué ves aquí?
- ¿Yo? Una manzana
- ¿Y allí?
- Un árbol, como tantos a su alrededor.
- ¿Por qué hay cosas que ves igual que yo, y cosas que ves mejor?
- (risas)
- No te rías. ¿Es que tienes algún tipo de gafas que te permitan ver las cosas mejor?
- Te equivocas amigo, yo no veo las cosas mejor que tú, las veo diferentes.
- ¿Por eso ella no me quiere?, ¿Por qué me ve diferente a los demás?
- No te ve diferente, tú a ella la ves de una manera, y ella a ti de otra.
- Esta ceguera me está haciendo la vida imposible.
- Para eso estás aquí, para aprender a observar.
- Se intentará...
- No lo intentes, hazlo, o no lo hagas.
- Pero es imposible no rendirse alguna vez. Si viera todo igual que tu sería todo mucho más fácil.
- Lo que intento decirte, joven e inexperto amigo, es que, cada uno ve el mundo a su manera, y eso es algo que no puede copiarse. Solo tú debes aprender a mirar, y hallarás las respuestas que buscas.
- ¿Y cómo lo hago?
- Experiencia joven, sabiduría y experiencia.
- Las experiencias no me gustan, me producen dolor y sufrimiento.
- Solo una cosa es más dolorosa que aprender de la experiencia, y es... no aprender de la experiencia.
- ¿Estás intentando decirme qué tendré que cometer innumerables errores a lo largo de mi vida, de los cuales me arrepentiré, para aprender de ellos?
- Aprende de los errores muchacho, y enfila hacia el futuro con ganas y fuerzas, pues solo tú sabrás como enfrentarte a los problemas que el mundo te planteará.
- Muchas gracias por enseñarme, de verdad.
- No, muchas gracias a ti, por aprender de las dificultades.

domingo, 2 de octubre de 2011

Por las calles del mundo...


Esta noche imaginé pasear por las calles de Paris, con la luz de las farolas marcando mi camino. Y en el fondo del vacío, un sonido, un dulce y grácil sonido, profundo, como los boleros que tocaban en los atardeceres junto al Sena. Caminé mientras intentaba encontrarme, o quizás, sin pensarlo mucho, me alejaba un poco más de mí, y disfrutaba mientras, de repente, desaparecía bajo una cortina de humo intensa que me tapaba el camino…

Esta noche soñé recorriendo por los paseos de Rio, en una frágil noche, pendiente el tiempo de si se rompía el fino hilo de lluvia, y que volviese a llover sobre mojado. A los lados del paseo, como sin quererlo, un pianista dejaba escapar de sus manos las notas que dejaban escritas una bossanova en el cielo, y mientras, bailaba ya con la lluvia bajo mis pies, sonriendo. Y de repente, la imagen se emborronaba, y a lo lejos se sembraba otra imagen…

Esta noche decidí sacar unos acordes de pequeño calibre, pero acertados, por los bulevares de Nueva Orleans, susurrando con la guitarra un Jazz perdido y triste en algún rincón de este mundo. Y a lo lejos, distorsionando el sonido ambiental, un acordeón y un contrabajo hacían migas charlando en La menor.

Sucumbido, olvido las avenidas, olvido que este verano se acaba y el otoño llena de hojas los suburbios del corazón. Vuelvo a casa y dejo, esta vez sí, que el mundo sueñe por mí.

viernes, 19 de agosto de 2011

El sol escrito


El sol caía inevitablemente hacia la cúspide de lo visible, hacia más allá del horizonte. Moría a cada rato mientras a su paso dejaba sus últimos alientos de calor, sus ya pequeños rayos que deshacían el atardecer y se convertían en una noche imperturbable y mezquina. Desaparecía para quizás, quién sabe, volver a renacer dentro de un tiempo, pero aún quedaba mucho para ello. Las últimas ráfagas de luz recorrían las hojas del libro, dándole un color pergamino antiguo y olvidado. Las dejaban impregnadas de un halo mágico de misterio, como si ese atardecer que se convertía poco a poco en anochecer formara parte de la historia que por sus páginas transcurría.  El cielo cogía a cada rato un color más oscuro, mientras por él se deslizaba lo poco que quedaba de ese día, desvaneciéndose lentamente en una neblina de incertidumbre frialdad. Ya casi ni se veía, el calor abandonaba el aire dejando paso a un frío glaciar que se apoderaba de este mientras se imponía un reinado efímero  dejando caer sobre la tierra una manta negra y cubierta de estrellas brillantes y planetas lejanos.
Desaparecía en el horizonte como una gota cuando se estrella en un mar inmenso. Estiraba mi cabeza para poder observarlo una vez más y sentir su calor apacible antes de dejar paso a la noche. Cuando por fin sucumbió a una muerte escrita, comprendí lo solo que había estado, y lo solo que estaba ahora. 

domingo, 24 de julio de 2011

La libreta

Todos tenemos una libreta, una que consideramos como "la...", y no una más. Ahí está todo, todo lo que compone, por así decirlo, tu forma de ser. Un libro que relata los pensamientos de tu persona, tus reflexiones y que trágicamente te condena a estar encerrado en una cárcel de palabras, limitado a lo que has dicho o tienes que decir. Todos hemos plasmado en la libreta lo que nuestra boca no supo decir en su momento, o simplemente hemos puesto ahí lo que ninguna caja fuerte podría guardar, dejándolo al amparo de miradas curiosas y sedientas de saber como robarte el poco juicio que piensan que tienes.
Todos hemos escrito ahí una historia, nuestra historia, la tenemos como objeto privilegiado dentro de nuestras vidas, un trozo de ti sabes que está ahí estampado porque es exactamente como quieres tu que sea. Da igual lo que hagas con ella o que pongas ahí, forma parte de ti. Yo he tenido muchas de esas, a lo largo del tiempo se me han ido llenando, pero las guardo todas como si fuesen el mejor relato que has leído.


sábado, 25 de junio de 2011

Palabras de amor

Me soltó una risa estruendosa y larga que se hizo notar a metros de distancia.
-ÉL, él si era un hombre de los de verdad, no esos que se ven por la calle hoy en día, ese hombre vivió su tiempo sin fortuna ni gloria, ni penas ni desengaños, pero… ooh me cortaría un dedo si te estuviese mintiendo al respecto. No habrá otro como él, era único, sencillo y grande a la vez, todo lo que sé lo aprendí de él, todo, hasta sumar y restar. Aquel hombre, siempre en primera línea de fuego, lo recuerdo como el tipo que dejaba pasar el tiempo sentado en una silla al fresco en medio del campo respirando lo que él llamaba El temps que es respira, nunca lo vi quejarse de nada, solo del amor, esa heridas de amor que a veces se le quedaban abiertas y tenía que escribir para sanarlas, y lo soltaba todo, ¿sabes?, cosas preciosas que tuve oportunidad de leer. Aún recuerdo como conseguía conquistar a cualquier mujer con esas palabras de amor que escribía en una carta y la dejaba en el buzón de la afortunada, no había una que no se rindiese a su encanto.
Coincidencia, bueno, no lo sé, pero también tocaba la guitarra y había una canción que volvía loca a cualquier mujer que la escuchara de su boca, Paraules d´amor.

Paraules d'amor senzilles i tendres.
No en sabíem més, teníem quinze anys.
No havíem tingut massa temps per aprendre'n,
tot just despertàvem del son dels infants.


Magnifico…-
En sus ojos se reflejaba la nostalgia de, como él decía, un buen hombre.

domingo, 19 de junio de 2011

El pícaro del sofá

Recuerdo a ese tipo como si fuera ayer, pelo largo y andrajoso de color no identificado, ojos verdes brillantes donde se reflejaba la luz de la lámpara más cercana y una barba de 5 días, portentosa y la cruzaban varias cicatrices de sus años de juventud, alguna movida loca en un bar a las 4 de la madrugada cuando el dueño ya mandaba a paseo a la fila que se apostaba delante de la barra. Tenía un aspecto que te embaucaba y captaba toda tu atención al instante, te hacía preguntar -¿ese tipo de gente sigue existiendo?-. Delgado y cubriendo su cuerpo una chaqueta de cuero ochentera que había tenido más vida que el propio individuo que la sostenía, un hombre de pelo en pecho y con un tatuaje, dicen, donde solo lo podían ver las chicas de las bocas de fresa como él las llama, unos pantalones semi-ajustados y unas botas de rockero auténtico. Verle así, sentado en un sofá de piel marrón en un garito de poca monta, era hacer un viaje a lo más profundo del caos o de la buena vida, depende de cómo lo pillen los rayos del sol de la mañana siguiente.
En sus manos sostenía una guitarra Strato, color blanco sucio, raspada bastante por los bordes y con el clavijero quemado de tantos cigarros, y no tan cigarros, que ha tenido que dejar en algún lado para tocar la balada del diablo. En sus arrugas se demuestra que en algún tiempo estuvo necesitado de una luz firme que alumbrase su camino y no le bastaban las parpadeantes de los moteles de carretera, no, esas les señalaba otras cosas, cosas prohibidas dice él.
Un hombre que ya ahogó todas sus penas, que se asomó varias veces al tejado de la locura y otras tantas veces se bajó de él por vértigo, que se perdió por las curvas más peligrosas y supo encontrar al final esa boca de fresa, un tipo que ha decidido despegar de una vez quemando todos sus recuerdos.
Un hombre peculiar que a veces vaga por las noches buscando la luna llena, con su vitalidad de veterano en las guerras que se libran en la oscuridad entre la conciencia y el deber. Ya ves, un alma sin pena que vaga por la vida pidiendo limosna de cariño con sonrisillas de pícaro, en definitiva, un tipo majo.

sábado, 14 de mayo de 2011

Conversaciones en el último bar

Se abrió la puerta del último bar de la noche, un rostro se asomó lentamente por ella pero la cortinilla de humo que predominaba en el ambiente no dejaba averiguar quien se escondía bajo esa silueta. La chica, pelo corto, pelirroja, bajita y de tez blanca se encaminó hacía la barra mientras levantaba la mano para llamar la atención del camarero y pedir un Bourbon con Whisky. Se sentó en un taburete, el cual cojeaba por un lado, y apoyó sus codos en el borde de la barra mientras saboreaba su bebida. A continuación, la chica se giró para ver la figura que estaba sentada a su lado con la cabeza baja y su mejor perfil en la sombra por culpa de un foco de luz mal proyectado.
Ella sonrió con desgana, le había reconocido, pero no esperaba encontrarlo allí, y menos esa noche.
-No pensé que te volvería a ver por aquí- le dijo poco entusiasmada por empezar una conversación.
El hombre levantó la cabeza y dejo el vaso vacío que sostenía con la mano derecha encima de la barra.
-Ya tiene que rondarte algo por la cabeza para pensar que un Ron doble te hará olvidarlo- le dijo de nuevo la chica, esta vez girando su taburete hacia él.
-Olvidar, que bien suena ¿no crees?, una imagen, una palabra, un recuerdo…- dijo el hombre, mientras miraba fijamente el vaso vacío.
La chica reflexionó sus siguientes palabras, le conocía demasiado bien para saber que le pasaba por la cabeza.
-Creo… que olvidar es de cobardes, aunque a veces nos contradigamos a nosotros mismos creo que olvidar sería lo más sencillo para seguir y no preocuparse, quién sabe, tal vez lo necesites, tal vez no, pero no podrás conseguirlo, es algo que te marca, una huella de la vida, una cicatriz del tiempo.
El hombre dejó de mirar al vaso y se dio la vuelta, ahora se le podía ver el rostro perfectamente, un rostro serio y amargado…
-Olvidar es una complicación de la vida que muchas veces… no podemos controlar- dijo el hombre mirándola directamente a los ojos.
-Entonces, no te rindas- le dijo la chica mientras dejaba el vaso en la barra y se perdía por el ambiente humeante del último bar de la noche.

sábado, 2 de abril de 2011

Juego de codicia

Le miró a los ojos mientras se inclinaba sobre él, apoyada en la mesa, y con un suspiro le dijo todo lo que deseaba decirle después de tanto tiempo guardando silencio.

- Es eso ¿verdad?. Allí te sientes importante, allí eres alguien a quien respetan, tomas tú las decisiones y los demás las acatan, porque te tienen aprecio, te quieren y te consideran uno más de la familia, porque te lo has ganado, con confianza, con perseverancia, con un supuesto respeto. Pero sin embargo aquí no, aquí no has ganado, aquí no has conseguido lo que querías, lo que pretendías, porque no has sabido aceptar las reglas del juego. Con el tiempo te vuelves codicioso, ambicioso, no tienes nada aquí porque no has sabido jugar tus cartas correctamente. Has tenido oportunidades, oportunidades que has rechazado, que has roto con tu avaricia. Sientes que no eres nadie y prefieres irte a donde te respeten. Eso no es así y lo sabes, aquí uno no es más que el otro, aquí todos jugamos en el mismo bando, aquí todos somos iguales y hemos sabido aceptarlo, pero tú no, y por eso te has ido-

La chica se volvió a recostar en su silla, cogió el vaso que estaba apoyado en la mesa y se lo llevó a la boca, luego, con ojos observadores, vio al chico que estaba sentado en la otra silla, tenía el rostro serio y la mirada disuelta en el ambiente, sin saber a donde mirar, cualquier sitio, menos a ella. La chica dejo asomar una pequeña sonrisa por la comisura de sus labios, había dado en el blanco, y él lo sabía. 

sábado, 26 de marzo de 2011

La rosa de la noche

Tal vez esta historia debería empezar con una canción de estas que tienen un buen ritmo pero lenta, que suene bien y que diga mucho de ella, pero como al escribir solo es posible imaginársela, con un poco de ingenuidad saldrá sola de la cabeza. Porque como toda historia, debe tener algo al lado para acompañarla y esta le pega una canción...
Hace tiempo que quería rememorar esta historia que cuando la viví me dije- por favor no la olvides por que merece la pena recordarla-, y es una anécdota, más bien, en la que la mayor parte de ella se centra en la lucha que tuve yo conmigo mismo en mi interior para resolver el conflicto entre las reflexiones y deducciones. Cierto día, volvía a casa de una noche de juerga con los amigos, a mitad de camino me tropecé con alguien que podría ser una persona más como las que caminaban a mi lado, pero sin embargo, algo me llamo la atención. No se si era un sueño o un espejismo pero parecía tan real que no tuve más remedio que creerme lo que vi, era una chica joven, de alma alegre y sonrisa en los labios, llevaba una coleta y miraba fijamente al frente, ni siquiera estaba atenta a lo que observaba, estaba más atenta de sus propios pensamientos, pero lo que más me llamó la atención de ella fue su guitarra, que colgaba a la espalda bien sujeta como si ya fuera parte de ella, y su mano izquierda, que sujetaba con cariño un objeto, pues siendo no tan común lo que vi me quedé pasmado mirando aquel objeto que sostenía con tanto cariño dando la sensación de no querer apretarlo demasiado fuerte, sin querer asfixiarlo. Mirando con más atención ese objeto, me percaté de que era una rosa, una rosa roja, sin espinas y tan hermosa como la chica que la llevaba. Entonces pensé, que historia tendría que contar, que cosas ocurrieron para que en ese momento, en esa noche, yo me encontrará con una situación tan curiosa, una rosa en la mano y en la espalda una guitarra. Me hubiese encantado conocer su historia pero ella tenía su propio camino y yo el mío. Así que lo último que me quedó de ella es esa expresión de inconfundible felicidad reflejada en su cara y la preciosa rosa que sujetaba en la mano.

sábado, 15 de enero de 2011

La foto de la pena

La oscuridad se adueñaba de la habitación por momentos, los rincones se hacían mas negros y las sombras se alargaban a medida que el sol caía por el horizonte. En el salón se respiraba un aire recio y seco, de abandono, de mal estado… todas las ventanas estaban cerradas pero las cortinas estaban descorridas, pudiendo así contemplar la inmensa llanura que se extendía a los pies de la casa, de norte a sur, de este a oeste, pradera lisa, llana, semiviva, semimuerta. Los muebles del salón, en su sitio, dejaban preveer que los buenos momentos en esa casa se habían acabado, terminado, extinguido… la soledad reinaba en cada estancia, un alma en penumbra recorría las habitaciones, cada día, sin hacer ruido, para no despertar a quien en esa casa todavía seguía durmiendo. En el sofá, sentado y con los ojos fijos en un objeto que tenía en las manos, estaba él, inmóvil, sin luz, sin aire, sin alma. Miraba a su otra mitad de la vida, que se había quedado encerrada, en esa foto, sin vida. Unas lágrimas recorrían su rostro, puede ser de pena, de nostalgia, de tristeza, pero lo que en realidad le hacía llorar era la felicidad, no la había encontrado antes, se le había perdido, entre las calles que recorrían su corazón. Un sonido rompió el silencio de la habitación, procedente del otro lado de la puerta, esta se abrió lentamente, acorde con el estado de letanía de la casa. Entre los marcos de la puerta apareció ella, saliendo de la oscuridad que la rodeaba, dio un paso al frente y cerró la puerta.
-Hola- le dijo ella.
Él, lentamente, quitó la mirada de la fotografía que sostenía, y la miró a los ojos, esos ojos profundos, marchitos, delgados, casi, casi cerrados. Y alcanzó a decirle
-¿Sabes que día es hoy?-
Ella lo miró con cara de comprensión, sabía por que había venido, con que propósito, y ella quiso impedirlo, pero al verlo, supo que ya era demasiado tarde.
-Si- le respondió.
Él volvió a posar su mirada en la foto, volviéndola a contemplar, seriamente, y con las lágrimas ya secas. En un momento, el tiempo se congeló en la sala, todo se quedó quito, mas de lo que ya estaba, entonces, sin previo aviso o intención, él, se levantó del sofá, dejó la foto sobre la mesa, olvidándola, para siempre, y luego salió por la puerta.
Ella, que había sido testigo de la escena, se acercó a la mesa despacio y observó la foto, entonces comprendió que él, no volvería, jamás. 

domingo, 9 de enero de 2011

Conversaciones en un bar de poca gracia

Una cortina de humo se desvanecía por completo en uno de esos garitos de poca gracia, en donde las luces parecen cansadas de estar de juerga toda la noche, en donde las alfombras que cubren el suelo a la vez las cubre una manta de alcohol y sangre. Los dos hombres se apoyaban en la barra, en la barra del único bar que vieron abierto. Los dos cabizbajos, mirando fijamente sus bebidas, dejando pasar el tiempo, sin hacerle caso, para que no les dañe ni les recuerde a nadie. Uno de ellos era bajito, pelo castaño, ojos pardos, tez morena, barba de tres días, ojeras de toda una vida…, el otro un poco más alto y de complexión mas grande se dio la vuelta y miro al moreno.
- otra vez aquí- le dijo, con una mirada de compresión.
- ya me conoces, soy tan débil que ni me aguanto a mi mismo- le respondió.
- otra vez esa mujer, ¿verdad?- le preguntó el hombre alto, mientras se acercaba a la boca el ron con whisky que se había pedido.
- ya sabes que si, me enamoro de las mujeres complicadas, de las que hay que luchar para conseguir una mirada sincera y de respeto- le dijo el otro, mientras le daba una calada a su cigarrillo, ya consumido y convertido en cenizas.
- pero si ni siquiera sabes lo que buscas- le espetó el hombre fornido.
El otro dejó de buscar su mirada en el vaso y giró la cabeza para ver mejor a su compañero de barra.
- tampoco sabré lo que siento- le respondió, con la misma voz calmada y débil.
- OH si, eso si que lo sabes, lo sabes tan bien como yo, ese hormigueo en la barriga cuando piensas en ella cada momento, esas escenas que te imaginas tan verdaderas y que casi las puedes tocar con la mano, esas en las que tu eres el caballero que se acerca a la doncella en su noble corcel y la ayudas a subir para mirarla a los ojos y después como respuesta a esa mirada le das un beso de esos que duran una, dos o tres eternidades, esas noches en vela por culpa de que ella se a apoderado de tu mente, si, conoces perfectamente esa sensación, te ocurre todos los días- le explicó, mientras se levantaba y pagaba la cuenta.
-eso, amigo mío, eso es…-
-amor-.

viernes, 24 de diciembre de 2010

El amor en los tiempos del cólera


"..., y el corazón le saltó en astillas cuando vio a su hombre tendido bocarriba en el lodo, ya muerto en vida, pero resistiéndose todavía un último minuto al coletazo final de la muerte para que ella tuviera tiempo de llegar. Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento:

-Sólo Dios sabe cuánto te quise-."

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Historias de un autobús


Bonita noche, lástima que para mi se acabara. Esperando en la parada de autobuses empecé a recordar los buenos momentos que había pasado con mis amigos aquella tarde; risas, bromas y charlas sin sentido que cada vez que se pasaban por la cabeza se te ponía en los labios esa sonrisa que nadie puede evitar, mirando como un tonto hacia ningún punto en concreto, pero porque solo mirabas esos buenos recuerdos. Volviendo a la realidad veo a lo lejos el panel electrónico del autobús, una luz que me recuerda los aburridos viajes en los que siempre uno se acaba durmiendo… pero esta vez iba a ser diferente.

Al parar delante de mí, suspiro con un pésimo valor y cruzo la puerta del autobús.
-Hola Juan, ¿Qué tal la ronda?- le pregunté al conductor mientras pagaba el billete.
-Como todas las santas noches-me respondió sonriendo.
Me dirigí hacia mi sitio habitual, el asiento el cual nadie ha ocupado en 5 años excepto yo, -tal vez deberían ponerle mi nombre-. Aquella vez si que había unas cuantas personas en el autobús, algo increíble. Me senté y cerré los ojos, deseando que ese viaje durara lo menos posible, pero sin embargo algo me hizo abrirlos. No se si fue un rápido resplandor que paso por mi mente, o una sutil mirada de la luna creciente de aquella noche, pero empecé a observar los rostros, de los que aquella noche, me acompañaban en aquel autocar nocturno.

La primera en encontrarme con la mirada fue con una joven chica muy guapa, que estaba mirando, con una sonrisa de esas que te dicen lo enamorados que están las personas, una foto de ella y su novio en un precioso parque, junto a un lago, él mirando a la cámara y ella a él, y a la vez recordando el corazón con las manos que le había dedicado su novio cuando ella montaba en el autobús, desde entonces no había dejado de pensar en él, y claro estaba que aquella noche, soñaría con las historias de amor.
Mi mirada se posó en un chico, casi adulto pero todavía con algunos rasgos juveniles en el rostro. Estaba escribiendo en su cuaderno de cuero blanco del cual nunca se separaba y era así como mataba el tiempo en los viajes, recordando con su pluma porque los poetas siempre se encaprichaban de lo bello que es el mundo, de lo fantástico que es el hombre y de lo magnifico que es sentirse libre.
Pero había mas gente que tenía que contar una historia aquella noche, como unos ancianos sentados el uno junto al otro abrazados, se relataban como les había ido el día, el ultimo día de su negocio que llevaba prosperando desde hacía mas de 40 años, los vecinos se acercaban a su establecimiento a saludarles y abrazarles, a comprarles esa ultima migaja de amor que siempre daban a sus clientes, esa sonrisa cordial de buenos días y un -que te vaya bien-, no sabían si les volverían a ver, pero ahora les tocaba disfrutar del resto de la vida juntos, jubilarse nunca fue tan dulce, si tienes a alguien al lado para compartirlo.
Sentados en la primera fila, había una mujer ya entrada en años, con su hijo pequeño, de no menos de una década de vida, el chaval relataba a su madre que había estado jugando con un perro que le había cogido mucho cariño, él estaba feliz y entusiasmado pues su madre le había prometido que si se portaba bien le regalaría uno, así el niño no tendría que pasar esas largas tardes aburrido, sin hacer nada, encerrado en una cárcel de muebles, objetos y miserias incomprensivas.
Al fondo, sentado en el lado derecho y ocupando los dos asientos, estaba un chico de 16 años, su rostro era un cristal mojado aquella noche, sus ojos rojos casi cerrados declamaban por todo el autobús lo triste que podía ser una tarde de sábado en la que la chica con la que llevaba 2 años había cortado con él. Y allí estaba, sentado y casi inmóvil, pues no paraba de temblarle las piernas, hombros alicaídos y sin ganas de estar vivo. Si de él dependiera, se quedaría toda la noche en su asiento, pensando en que pudo fallar y lo que dejó escapar, con el amor se podía  vivir en los tiempos de cólera como bien dijo Márquez, pero para ese chico ya no había amor, se había esfumado, como la roca que se erosiona, lentamente, sin poder evitarlo, y viendo como su corta vida pasa ante sus ojos. Apenado y melancólico, miraba por la ventana, con la esperanza de ver una estrella fugaz que recorriese el despejado cielo de aquella noche, y pedir un deseo, un deseo que le hiciese sentir vivo, de nuevo.
En medio de la travesía nocturna, el hombre que estaba de pie junto al conductor, tenía un mar de dudas en la cabeza, y él estaba en ese mar a la deriva, montado en un barco tan pequeño como la esperanza que tenía.
- ¿Sabes Juan?,- le dijo al conductor- últimamente estoy teniendo problemas, no se que es pero algo me duele aquí dentro- tocando con la mano derecha el pecho- me deprimo cada día un poco más.
-¿Y que tipo de problemas tienes?- le preguntó Juan, apartando la mirada de la carretera para mirarle a los ojos.
- No se, no me siento feliz, las mañanas se despiertan grises y los pájaros ya no cantan en mi ventana- dijo con una voz que parecía apunto de apagarse.
- Veo que tu cabeza es un marco sin nada dentro, sin colores vivos ni fragancias exóticas, ¿has pensado en sonreír?
- ¿Para qué?, de donde saco una sonrisa si no tengo nada por lo que reír.
- bueno, pues tienes a una familia maravillosa que te espera cada noche en tu casa, una mujer que te abraza cada mañana para animarte el resto del día, unos amigos que te invitan a unas cañas si te ven deprimido y un mundo entero que te sonríe toda la semana, tienes mil motivos para sonreír, pero el problema es que no los encuentras ni tampoco los escuchas, disfruta de las pequeñas cosas, y la vida te ira mucho mejor.
Esta vez el hombre si que sonrió.
-Tienes razón…
De nuevo mis ojos volaron por los asientos, intentando descubrir que más historias guardaban los viajeros, esta vez me quede mirando a una chica, una chica que estaba de pie, a la espalda llevaba una guitarra y lo mas curioso y fue lo que más me hizo pensar, es que en la mano izquierda llevaba una rosa, y después de verla volví a mirar a sus ojos intrigado…

Una sacudida del autobús me obligó a abrir los ojos y ponerme en alerta, me había quedado dormido, otra vez, sin darme cuenta había llegado a la última parada, la mía. Despidiéndome del conductor, bajé lentamente, como si no quisiese terminar ese momento. Otra vez, me había quedado dormido, y estaba pensando, por qué había soñado eso, extrañado emprendí el camino de regreso a casa, pero mientras eso, comprendí que incluso en el sitio más inusual, en el lugar más insospechado, hay alguien ahí con una bella e interesante historia que contar y que incluso sea un sueño o una realidad también habrá alguien que querrá escuchar.